lunes, 2 de marzo de 2026




Cómo me gustaría ser distinta.

No compararme. No medir mi valor en espejos ajenos. No sentir que siempre soy la versión incompleta de algo que todavía no llega.

Me esfuerzo. Trabajo. Estudio. Me disciplino.
Le dedico tiempo, energía, horas silenciosas a ser mejor.
Y, aun así, nunca alcanza. Nunca es suficiente.

Siempre hay un fantasma detrás.
Una sombra que me pisa los talones.
Una figura que no existe —pero que yo misma fabrico.

Los creo.
Los modelo con paciencia cruel.
Los esculpo mentalmente con detalles minuciosos.
Les asigno virtudes impecables, talentos deslumbrantes, serenidades que yo no tengo.
Les doy la perfección que me niego.

Y entonces, frente a ellos, yo me vuelvo pequeña.

Les entrego lo que siento que me falta,
y el vacío crece.
Se ensancha.
Se vuelve más hondo, más frío, más desolador.

¿Cómo no voy a sentirme incompleta
si compito contra criaturas que inventé para perder?

¿Cuándo fue la primera vez que me sentí así?
¿En qué momento la falta se volvió mi idioma?
¿Cómo puede la ausencia haber sido la constante de mi historia?

Y, sin embargo, sigo intentando.
Sigo buscando en mí algo que ya está —
aunque todavía no lo pueda ver.