Como hoy.
Una carretilla de toro.
Y yo me sorprendo mirando el juego.
Tres frases.
Su madre:
—Cariñooo, cariñet.
Se van.
Las campanadas del niño toro se alejan.
Me quedo sola en la plaza.
No soy de acá.
Como hoy.
Una carretilla de toro.
Y yo me sorprendo mirando el juego.
Tres frases.
Su madre:
—Cariñooo, cariñet.
Se van.
Las campanadas del niño toro se alejan.
Me quedo sola en la plaza.
No soy de acá.
Todo empezó el verano en que te fuiste a Mar del Plata.
Yo me quedé sola.
No sé por qué decidí escribirte una carta. Ya existía el correo electrónico y hubiera sido mucho más fácil mandarte un mail. Pero nunca me gustó lo fácil cuando se trataba de querer a alguien.
Además, siempre me gustó escribir a mano.
Coleccionaba papeles de carta para los momentos especiales. Algunos tenían dibujos, otros perfume. Había papeles con relieve, con bordes calados, con flores, con colores suaves. Me daba pena usarlos. Sentía que cada hoja estaba esperando la historia indicada.
Vos lo eras.
Así que te escribí mi primera carta.
La doblé con cuidado, la guardé en un sobre y la llevé al correo con una ansiedad que hoy parece imposible. Tardó seis días en llegar.
Cuando la recibiste, corriste hasta un locutorio para llamarme. Querías decirme que no estuviera triste. Que vos también me extrañabas. Tanto o más que yo.
Y yo seguí escribiéndote incluso cuando desapareciste de mi vida.
Porque algunas personas dejan de contestar las cartas, pero nunca dejan de habitar lo que uno escribe.
Todavía te sueño, Carolina.
A veces siento que puedo tocarte. Me acuerdo de tu risa. De tu voz. De la manera en que me mirabas cuando todavía éramos chicas y el mundo parecía más pequeño.
Esta fue mi vida, Carolina.
—¿Qué onda, amiga? ¿Te gusta vivir en España?
—No —le respondí, y me reí.
No. No me gusta —lo dije otra vez mientras mi sonrisa intentaba alejar su mirada de mis ojos tristes.
—Volvé —me dijo él.
—No voy a volver. Ya no vuelvo más.
Respiré profundo. Cerré los ojos. Esquivé los suyos.
—Ya no vuelvo más.
Nos quedamos mirándonos un segundo que fue un año.
—¿Qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos sido valientes? —lanzó sobre mí ese balde de agua helada.
Nunca lo sabremos.
Ni él.
Ni yo.
Solo habrá un universo paralelo que sepa de nuestro destino, que nos vea amar y reír, que nos vea sufrir por amor, que nos encuentre pisando arena en otro sur que no es este.
Cómo me gustaría ser distinta.
No compararme. No medir mi valor en espejos ajenos. No sentir que siempre soy la versión incompleta de algo que todavía no llega.
Me esfuerzo. Trabajo. Estudio. Me disciplino.
Le dedico tiempo, energía, horas silenciosas a ser mejor.
Y, aun así, nunca alcanza. Nunca es suficiente.
Siempre hay un fantasma detrás.
Una sombra que me pisa los talones.
Una figura que no existe —pero que yo misma fabrico.
Los creo.
Los modelo con paciencia cruel.
Los esculpo mentalmente con detalles minuciosos.
Les asigno virtudes impecables, talentos deslumbrantes, serenidades que yo no tengo.
Les doy la perfección que me niego.
Y entonces, frente a ellos, yo me vuelvo pequeña.
Les entrego lo que siento que me falta,
y el vacío crece.
Se ensancha.
Se vuelve más hondo, más frío, más desolador.
¿Cómo no voy a sentirme incompleta
si compito contra criaturas que inventé para perder?
¿Cuándo fue la primera vez que me sentí así?
¿En qué momento la falta se volvió mi idioma?
¿Cómo puede la ausencia haber sido la constante de mi historia?
Y, sin embargo, sigo intentando.
Sigo buscando en mí algo que ya está —
aunque todavía no lo pueda ver.
Hay algo que me gusta especialmente de lo que estoy escribiendo, y es que no es pretencioso. No intenta dejarme bien parada, ni convertirme en una filósofa de la vida, ni extraer una enseñanza prolija de todo lo vivido. No busca redención ni épica. Es crudo y es real. No embellece el dolor ni lo vuelve interesante a la fuerza, no lo usa como moneda ni como trofeo. Simplemente lo muestra. Me gusta que no haya moraleja, que no haya cierre, que no haya una versión mejorada de mí misma al final del relato. Me gusta escribir sin salvarme, sin castigarme, sin explicarme demasiado. Mirar lo que pasó sin querer ganar nada con eso. Tal vez ahí, en esa honestidad un poco incómoda, esté lo único verdadero que tengo para decir.
De algo que me duele mucho.
Quiero contar lo que me pasaba de chica, en Avellaneda, y de otras cosas que venían de antes.
En Avellaneda había un bingo. Tenía máquinas tragamonedas, ruletas y otras cosas. En CABA no se podía —al menos en aquel entonces— tener máquinas tragamonedas. Pero en la provincia sí.
Un día, un amigo de mi hermano festejó su cumpleaños en Avellaneda, en un laser shot que había en esa época. Fuimos los dos. Mi mamá nos llevó con otros amiguitos del colegio.
No puedo creer el daño que le hizo a mi familia conocer ese lugar. Parece un detalle menor: un cumpleaños, una localidad, una cosa tonta, sin trascendencia. Seguro el cumpleañero ni recuerde su fiesta. Tal vez tenga una idea vaga de qué hizo para su cumpleaños número once, quizá alguna foto de rollo de ese momento y no mucho más.
Pero yo sí me acuerdo.
Me acuerdo de jugar al laser shot, de salir del lugar, de volver a casa en el auto de otra mamá junto a mi hermano y la mía. Me acuerdo de llegar a casa y de que mi mamá le contara con entusiasmo a mi papá que en Avellaneda había un bingo, metido adentro de un shopping, donde ellos podíamos ir y nosotros jugar.
Años antes ya había indicios de los vicios de mis padres. Mi papá nos llevaba seguido al hipódromo. Decía que era un plan lindo en familia, porque estábamos todos juntos, tomábamos sol, veíamos animales, comíamos algo rico ahí y, al final, era un domingo donde todos disfrutábamos.
Yo había aprendido a leer la revista La Rosa y más o menos a interpretar qué caballo tenía más chances de ganar. Mi papá me pedía que no dijera qué caballo me gustaba, porque si lo decía lo tenía que jugar. No fuera cosa que saliera.
Entonces yo miraba y jugaba sola, en mi mente.
Elegía a mi ganador y esperaba ansiosa que los caballos llegaran a la línea de llegada. No siempre acertaba, pero para tener nueve años era bastante buena.
Aprendí qué era una trifecta y me fascinaba ver a las chicas teclear los números y los montos en esos teclados viejos que hacían un ruido hipnótico, encantador. En casa, agarraba un teclado viejo y jugaba a que levantaba apuestas de la gente. Tocaba los botones frenéticamente mientras les preguntaba a mis clientes imaginarios qué caballo querían elegir.
Mis juegos eran eso porque conocía muy poco de otro mundo.
Me pregunto cómo serán las infancias de otros chicos, donde el plan no es ir a apostar. Donde el plan es compartir tiempo de calidad. Donde el plan es estar juntos de verdad y no acompañar a otros sin molestar.
Esa sensación de que siempre sobro. De que nadie puede elegirme por querer, por placer, por gusto.
Transcripción - entrada del 15 de octubre del 2020
Ayer conocí a "A". Fuimos al parque centenario y caminamos. Me gusta, es alto y más grande, no como J que era todo chiquito y me ponía tan nerviosa...
Es muy tranquilo y habla bastante. Me hizo reir.
Me gusta que sea más grande que yo.
Antes de salir estaba nerviosa, no quería ir. Una vez que estuve ahí, que nos encontramos y nos reconocimos, estuve bien.
Quiero encontrar alguien que dure, que me den ganas de estar con esa persona.
Estuvo J durante muchos días en mi casa, primero por el finde (era su cumple) y después empezamos con síntomas de covid y tuvimos que aislarnos (somos negativos). Al principio todo bien, pero después me empezó a irritar y tenía ganas que se vaya. Me pasan cosas raras con él que todavía no puedo definir que es. Por momentos me gusta y esta bien, pero no termino de engancharme y él si. A veces lo miro y sé que voy a lastimarlo, esta mal, no me gusta. El esta roto.
Pienso si alguna vez podré encontarme con alguien que me haga 100% feliz y que me guste (spoiler alert, no). Le falta caracter, eso pasa. Le falta. Esa es la sensación que me da... tiene un mambo fuerte con su inseguridad y se nota. Yo lo veo, hay algo roto ahí, desarmado. No se si quiero hacerme cargo de ese desorden.
Volví. Y estoy usando una foto que saqué yo misma. Había olvidado por completo este diario publico que solamente leo yo. Veo que las entradas no son tan viejas como recordaba.
Lamento escribir que no muchas cosas cambiaron. Podemos empezar por las que si, que en última instancia son más lindas, más divertidas.
Me enamoré y sufri.
Seguí estudiando y me recibí.
Dude y cambie quien quería ser, me convertí en alguien mejor creo yo.
Me ofrecieron trabajos para los cuales creo constantemente que no estoy capacitada, pero igual acepto. Sigo teniendo miedo, pero no me gusta arrepentirme de nada.
No puedo entablar ninguna relación de amistad que dure más que 2 o 3 años. Llega un momento que necesito alejarme de los amigos. Tengo mucho miedo que me lastimen, necesito resguardarme. La soledad es un lugar seguro.
Sigo triste y miento constantemente sobre mi estado de ánimo. No puedo aún decir lo que siento y todo el tiempo me invalido a mi misma. Me digo que no soy suficiente, que lo que siento no esta bien. Me da culpa porque en el fondo se que fui afortunada y que hace más de 10 años que vivo una vida prestada.
Me comparo con los demás (en especial con una persona, vamos a llamarla "V"). Reviso sus redes y trato de imaginarme como será. Trato de ver si es más linda que yo, en el sentido más hegemónico de la palabra, pero también en otros aspectos. Cada tanto, recibo información de V y la atesoro como mi más preciado objeto.
Transformé mi vida en la de Melisa P. Como había soñado alguna vez. Y después de 4 años me encontré con alguien que si me cepilla el pelo antes de dormir. Historias de Melisa P tengo un montón, pero son para otro momento, no son para ahora.
Ahora solo quiero escribir, resumir 10 años, y seguir escribiendo.
¡Que alivio encuentro!




No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba de comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! !María Luisa!"... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que si hay una diferencia sustancial entre vivir con una mujer que vuele o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
