Todo empezó el verano en que te fuiste a Mar del Plata.
Yo me quedé sola.
No sé por qué decidí escribirte una carta. Ya existía el correo electrónico y hubiera sido mucho más fácil mandarte un mail. Pero nunca me gustó lo fácil cuando se trataba de querer a alguien.
Además, siempre me gustó escribir a mano.
Coleccionaba papeles de carta para los momentos especiales. Algunos tenían dibujos, otros perfume. Había papeles con relieve, con bordes calados, con flores, con colores suaves. Me daba pena usarlos. Sentía que cada hoja estaba esperando la historia indicada.
Vos lo eras.
Así que te escribí mi primera carta.
La doblé con cuidado, la guardé en un sobre y la llevé al correo con una ansiedad que hoy parece imposible. Tardó seis días en llegar.
Cuando la recibiste, corriste hasta un locutorio para llamarme. Querías decirme que no estuviera triste. Que vos también me extrañabas. Tanto o más que yo.
Y yo seguí escribiéndote incluso cuando desapareciste de mi vida.
Porque algunas personas dejan de contestar las cartas, pero nunca dejan de habitar lo que uno escribe.
Todavía te sueño, Carolina.
A veces siento que puedo tocarte. Me acuerdo de tu risa. De tu voz. De la manera en que me mirabas cuando todavía éramos chicas y el mundo parecía más pequeño.
Esta fue mi vida, Carolina.
