Hay algo que me gusta especialmente de lo que estoy escribiendo, y es que no es pretencioso. No intenta dejarme bien parada, ni convertirme en una filósofa de la vida, ni extraer una enseñanza prolija de todo lo vivido. No busca redención ni épica. Es crudo y es real. No embellece el dolor ni lo vuelve interesante a la fuerza, no lo usa como moneda ni como trofeo. Simplemente lo muestra. Me gusta que no haya moraleja, que no haya cierre, que no haya una versión mejorada de mí misma al final del relato. Me gusta escribir sin salvarme, sin castigarme, sin explicarme demasiado. Mirar lo que pasó sin querer ganar nada con eso. Tal vez ahí, en esa honestidad un poco incómoda, esté lo único verdadero que tengo para decir.

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