¿Sabes de qué quiero hablar?
De algo que me duele mucho.
Quiero contar lo que me pasaba de chica, en Avellaneda, y de otras cosas que venían de antes.
En Avellaneda había un bingo. Tenía máquinas tragamonedas, ruletas y otras cosas. En CABA no se podía —al menos en aquel entonces— tener máquinas tragamonedas. Pero en la provincia sí.
Un día, un amigo de mi hermano festejó su cumpleaños en Avellaneda, en un laser shot que había en esa época. Fuimos los dos. Mi mamá nos llevó con otros amiguitos del colegio.
No puedo creer el daño que le hizo a mi familia conocer ese lugar. Parece un detalle menor: un cumpleaños, una localidad, una cosa tonta, sin trascendencia. Seguro el cumpleañero ni recuerde su fiesta. Tal vez tenga una idea vaga de qué hizo para su cumpleaños número once, quizá alguna foto de rollo de ese momento y no mucho más.
Pero yo sí me acuerdo.
Me acuerdo de jugar al laser shot, de salir del lugar, de volver a casa en el auto de otra mamá junto a mi hermano y la mía. Me acuerdo de llegar a casa y de que mi mamá le contara con entusiasmo a mi papá que en Avellaneda había un bingo, metido adentro de un shopping, donde ellos podíamos ir y nosotros jugar.
Años antes ya había indicios de los vicios de mis padres. Mi papá nos llevaba seguido al hipódromo. Decía que era un plan lindo en familia, porque estábamos todos juntos, tomábamos sol, veíamos animales, comíamos algo rico ahí y, al final, era un domingo donde todos disfrutábamos.
Yo había aprendido a leer la revista La Rosa y más o menos a interpretar qué caballo tenía más chances de ganar. Mi papá me pedía que no dijera qué caballo me gustaba, porque si lo decía lo tenía que jugar. No fuera cosa que saliera.
Entonces yo miraba y jugaba sola, en mi mente.
Elegía a mi ganador y esperaba ansiosa que los caballos llegaran a la línea de llegada. No siempre acertaba, pero para tener nueve años era bastante buena.
Aprendí qué era una trifecta y me fascinaba ver a las chicas teclear los números y los montos en esos teclados viejos que hacían un ruido hipnótico, encantador. En casa, agarraba un teclado viejo y jugaba a que levantaba apuestas de la gente. Tocaba los botones frenéticamente mientras les preguntaba a mis clientes imaginarios qué caballo querían elegir.
Mis juegos eran eso porque conocía muy poco de otro mundo.
Me pregunto cómo serán las infancias de otros chicos, donde el plan no es ir a apostar. Donde el plan es compartir tiempo de calidad. Donde el plan es estar juntos de verdad y no acompañar a otros sin molestar.
Esa sensación de que siempre sobro. De que nadie puede elegirme por querer, por placer, por gusto.

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