martes, 15 de septiembre de 2026

La Asunción


Cuando necesito alojo
me siento en la puerta de la iglesia
Nuestra Señora de la Asunción,
en mi pueblo.

A veces hay viejas rezando adentro
y se puede entrar a la capilla por un costado.
Otros días está todo cerrado.

Como hoy.

Me siento en un banco de la plaza
y veo a dos nenes jugar
con una especie de artefacto estrambólico:

dos ruedas pequeñas,
la cabeza de un toro,
los cuernos.

Una carretilla de toro.

Uno hace de toro,
el otro de torero.

Se persiguen,
se ríen,
se gritan por el susto de los cuernos.

Y yo me sorprendo mirando el juego.

Pienso en lo distintos que somos,
en lo distintos que seremos,
en las costumbres que no heredaremos,
en las palabras que aún no entendemos.

Hoy también tuve
mi primera conversación en valenciano.

Tres frases.

Porque acá, de primera mano,
nadie me reconoce distinta.

Tres frases
y me fui con un adeu.

No me sentí una impostora,
aunque lo soy.

Tampoco soy de acá,
aunque quiera,
aunque conozca cada rincón
de mi pequeño pueblo,
aunque empiece a sentirlo mío
sin que él sepa todavía
si yo soy suya.

Vuelve a pasar el nene toro,
detrás, el nene torero,
al grito de hòsties.

Su madre:

—Cariñooo, cariñet.

Y pienso otra vez
en las palabras que no heredamos,
pero aprendemos.

En las tierras donde no nacemos,
pero nos quedamos.

Se van.

Las campanadas del niño toro se alejan.

Primero el ruido.
Después las voces.
Después, nada.

Me quedo sola en la plaza.

No soy de acá.

Pero qué difícil
ser para siempre
de algún lugar.